martes, 12 de mayo de 2015

EL CUENTO DE LA BUENA PIPA REPIPA

¿Quieres que te cuente el cuento de "La Buena Pipa Repipa"
         - Ni que digas que "sí", ni que digas que "no"
         Cada cuatro años te toca escuchar el cuento de "La Buena Pipa Repipa"

Esta es la versión 2015 de CIBERCHUS

         En un lugar de Cantabria, de cuyo nombre no vale la pena  acordarse, no ha mucho tiempo que nació nuestra protagonista (1956). Una hidalga de las de lanza en astillero, adarga antigua, rocín flaco y galgo corredor.
        
        Desde que nació. Todas las mañanas eran "grises" aunque se empeñarán en pintarlas "cara al sol" y los caminos estaban bien marcados para que nadie se saliera de ellos.

      Nuestra protagonista, llamémosla por ejemplo Francisca que era un nombre muy importante en aquella época, luchaba por la libertad y la justicia social. Se salía siempre que podía del camino. Corría por el campo (algunas veces por la ciudad) o se sentaba en la playa con sus amigos a tocar y cantar canciones prohibidas, con la esperanza de que algún día saliera el sol de verdad.

         Esto ocurrió en 1975. Paquita, por entonces, tenía 19 años. Las zapatillas gastadas de tanto correr y la ilusión intacta. Así que aquel día en que se murió "el burro de la tía Vinagra" fue, sin duda, el mejor de su corta vida.

         Dos años más tarde construyeron en el pueblo un bonito salón de baile. Paquita, sus amigas y toda la gente del pueblo acudieron ilusionados a bailar, el día de la Inauguración. Tenía las ventanas abiertas y corría el aire fresco. 
        Los primeros bailes fueron muy tímidos. Muchos no sabían bailar y pisaban a los bailarines y bailarinas que habían venido al "Gran Baile".
        Tras la inauguración cerraron el salón. Los bailarines y bailarinas se fueron del pueblo y no volvieron a aparecer por allí.

      Todo había cambiado. Todos los días salía el sol. Y la gente era libre. Pensaba y decía lo que quería y paseaba por donde le daba la gana.

         Al cabo de cuatro años, una cartel a la entrada anunciaba de nuevo:

Gran Baile

Jueves, 28 de Octubre
¡Por el cambio¡ ¡Acude a bailar!

         Unos días antes, sin que nadie los llamara, volvieron los bailarines y bailarinas. Vestidos con sus trajes de baile y sus zapatos brillantes. Hablaban con la gente y les invitaban a bailar con ellos. Fueron unos días geniales.

         Paquita lo tenía claro. Había un bailarín que lucía una flamante chaqueta de pana y que prometía cosas si bailabas con él y a Paquita le gustaban.
         - Y además es muy guapo - decía 
         Así que, muy ilusionada, decidió bailar con él y solo con él.

      A medida que pasaba el tiempo, Paquita se dio cuenta que no todo el monte era orégano y se fue desilusionando poco a poco. Pero el siguiente "Gran Baile" decidió seguir confiando en  su querido Teodoro. Porque no encontraba otro más guapo que él.

         Cada cita volvía la agitación al pueblo por unos días. Pero ella sabía ya que era una cosa pasajera; que, aunque se vestían distinto, eran los mismos perros con distintos collares; que luego se iban y pocas cosas cambiaban en el pueblo y , las que lo hacían, eran a peor.
         Cada vez había más jóvenes sin trabajo; más gente que pasaba hambre; más personas a las que les echaban de su casa; más ladrones y defraudadores públicos, más mujeres maltratadas...
         Pero ella nunca tiró la toalla como alguna de sus amigas. Era una luchadora. Cada Gran Baile acudía disciplinadamente a bailar. Entraba; comprobaba que, lamentablemente, estaban los mismos; Escogía desganadamente al que le parecía mejor; Se echaba un panceao y se iba para casa.
         Así fueron pasando los años, hasta 30. En esos años nunca dejó de luchar. Había muchas cosa que cambiar. Si bien es cierto que las fuerzas se le iban acabando.

         Pero un año sucedió lo que tanto había deseado. Volvieron los bailarines y bailarinas al pueblo, pero esta vez había dos bailarines aficionados, como se encargaban de decir con desprecio los profesionales.

       Uno vestía traje y corbata. El otro con sus pantalones rojos se camuflaba entre la gente. Los dos eran del pueblo y el pueblo los había invitado al Gran Baile.
         - ¿Quiénes son esos advenedizos? - se preguntaban los profesionales.
         - Son populistas. No saben bailar- decían.   
         En el fondo todos se sentían inseguros con esta nueva aparición.
  
         A Paquita sin embargo, el de los pantalones rojos, le caía bien. Cada día hablaba con él en el café. Le gustaba lo que decía y como lo decía. No entendía que la gente prefiriera que les pisasen los mismos bailarines de siempre. No comprendía qué alguna de sus amigas tuviera miedo a bailar con él.
         - No le van a dejar bailar como él dice - se escudaban otras.

         Poco a poco, Paquita fue recuperando la ilusión. Le volvía a apetecer ir al Gran Baile.
         Por fin, después de tantos años, tenía pareja.
CIBERCHUS (12/05/15)