viernes, 25 de marzo de 2016

LA REVOLUCIÓN DEL BARRIO SAN FRANCISCO


Corre el año 1974, “Quico el hijo puta” está a un año de palmarlas, aunque ni él ni yo lo sabíamos.
Un grupo de curas obreros son desterrados a las parroquias de los barrios más olvidados de mi ciudad (la curia eclesiástica no sabía las consecuencias que esa decisión les traería). El mío, el barrio San Francisco, era uno de ellos. Y el cura que nos tocó en el sorteo se llamaba, Ernesto Bustio.
Cierto día el cura, mi cura, llamó a la puerta de mi casa, antes había estado en otras, y me invitó a asistir a una reunión. Yo tenía entonces 18 años. De esa reunión surgió una de las primeras Asociaciones de Vecinos de mi ciudad.
Como comprenderéis, eran tiempos peligrosos. Había que tener mucho cuidado con el dictador. Pero lo teníamos muy claro, era el momento de arriesgar. Se crearon los clubes juveniles, para trabajar con los más jóvenes. No nos costó mucho incorporar manos fuertes para la lucha.
El mío era un barrio obrero, poblado en su mayoría por gentes de los pueblos que habían llegado a la ciudad en busca de una vida mejor. No necesitábamos crear conciencia de clase, venía en el quit.
Para nosotros, jóvenes ilusionados con acabar con la dictadura, fueron tiempos increíbles de amistad, miedo, adrenalina, reuniones clandestinas, charlas con los vecinos…. Os podéis imaginar.
Fueron años increíbles que marcaron mi corazón, mis pensamientos, mi idea de vida, para siempre. Lo que fui, lo que soy, se fraguó entonces.
Pero sigo contando.
Cierto día, al cura (para nosotros era eso, el cura) se le ocurrió “la gran idea”.
Mi barrio era uno más, construido al amparo de la emigración del pueblo a la ciudad. Las constructoras hicieron su negocio. Aprovechando el boom de la demanda construyeron casas y casas, pero nada más. Los barrios quedaban sin urbanizar. Sin calles, sin aceras, sin jardines… en pelotas, vamos. Las ratas eran nuestras amigas y el barro nuestro compañero.
En estas circunstancias, el cura lanzó la gran idea, el gran reto: “Urbanicemos nosotros el barrio y pasemos la factura a la constructora”
Asamblea, propuesta y manos a la obra. Todas las profesiones necesarias estaban representadas. Teníamos ilusión y un gran líder. Así que, domingo tras domingo, jóvenes y viejos, hombres y mujeres bajábamos a trabajar, codo con codo, alma con alma, a hacer lo que los expertos nos mandasen.
Poco a poco fueron surgiendo aceras, carreteras, jardines…y casi sin darnos cuenta, el barrio quedó urbanizado.
Habíamos dejado mucho sudor, mucho tiempo y esfuerzo y la constructora tenía que pagarlo. Así ocupamos todos los bajos de los edificios.
Ahora eran nuestros, nos los habíamos ganado.
La acción no era legal, pero era justa. Sabíamos las consecuencias que tendría.
Había que dar uso rápidamente a los locales, antes de que el Sistema reaccionara. Y un 11 de Abril, en una noche, hicimos una escuela en uno de esos locales.
Fue la noche más larga y más feliz de mi vida. Se me caen las lágrimas al recordarlo.
Aquello era la Revolución: albañiles alicatando las paredes, carpinteros fabricando mesas y sillas, mujeres bajando pinchos y café.
Por la mañana entraron los niños, desde 2 años y medio, (por entonces no existía la educación infantil y era ese, el hueco que queríamos llenar).
Hacía falta un maestro titulado y yo tuve ese “gran honor”.
La constructora, como es lógico denunció y los grises vinieron dos o tres veces a desalojar. Pero el operativo estaba montado: alguien avisaba y todas las mujeres del barrio bajaban a meter las mesas que la policía sacaba. Ellas tenían la fuerza, en aquellos tiempos hasta la policía era machista.
Yo no pude vivirlo, me hubiera gustado, pero estaba perdiendo mi vida en “la mili”.
Un año después rizamos el rizo.
La constructora había abandonado la carpintería que habían usado para la construcción de los pisos.
Alguien tuvo la feliz idea: “En los terrenos que ocupa la carpintería y sus alrededores nos cabe una pista polideportiva”
Y así fue como un domingo la carpintería desapareció. Todos los vecinos fueron llamados a declarar. Todos pasamos por el juzgado, pero teníamos amnesia y nadie sabía lo que había pasado.
La pista se construyó y con ella se crearon las escuelas deportivas.
Poco a poco fue llegando el “estado de bienestar”, la “democracia”, el “no estamos tan mal”, el “que cada uno aguante su vela” y el movimiento ciudadano fue muriendo, ahogado, seducido por el Sistema.
Yo traslade mi lucha a otro campo: “la escuela PÚBLICA”
Han pasado 42 años. Ahora estoy jubilado pero aquellos maravillosos años siguen vivos en mi recuerdos, en mis ideas, en mi sangre.
Lamentablemente, después de tantos años, la lucha sigue siendo necesaria.
A mi barrio, porque siempre será mi barrio, no le falta de nada, pero la desigualdad y la injusticia de este mundo ha aumentado.
Estamos en Semana Santa. Si Jesucristo viviera hoy, tendría mucho trabajo.
El enemigo ahora es más invisible, más seductor, más sutil, pero mucho más poderoso y perverso. Se llama CAPITALISMO.
Ernesto Bustio hizo de mí un luchador, y moriré luchando por un mundo mejor, en la calle, desde mi blog (Ciberchus), desde mi poesía.
Chus Castro (24/03/2016)

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